A finales del siglo XIX el Etna era la mayor zona en extensión de viñedo y producción de vino de Sicilia. Los viñedos se localizaban en las suaves laderas ubicadas a menor altitud, que no necesitaban de terrazas para poder cultivarse, y en las llanuras fértiles cercanas al mar. Tras su llegada, la Filoxera se propagó rápidamente y la producción de vino perdió relevancia en la región ya que la viña fue sustituida por otros cultivos más rentables. La viticultura tuvo que trasladarse a las zonas de mayor altitud, donde los suelos de piedra volcánica y arena frenaban la progresión del insecto, pero a costa de mayor esfuerzo en todas las labores, incluida la construcción de terrazas en las empinadas pendientes.

A mediados del XX llegaron los pies americanos y la espaldera, llevando al abandono de muchas de estas laderas altas en favor, de nuevo, de las menos inclinadas. El vino se convirtió durante mucho tiempo en un producto de consumo local por lo que las exigencias de calidad fuero mínimas. Mientras tanto, el resto de Italia se posicionaba en el mercado del vino mundial, logrando prestigio y beneficios económicos. Un puñado de pioneros locales junto a varios de esos exitosos productores del resto del país y algún que otro forastero, formaron el grupo de visionarios que desvelaron el gran potencial de la zona a principios del siglo XXI. Enseguida sus vinos alcanzaron altos niveles de calidad y prestigio, haciendo que en unos pocos años se hayan colocado en el punto de mira tanto de profesionales como de aficionados.

El Etna con sus 3350 metros de altura, es la montaña italiana con mayor altitud al sur de los Alpes. Su clima es por tanto muy diverso en función de la altitud. En las zonas más altas es muy parecido al que encontramos en el norte de Italia mientras que en las zonas más bajas el clima es mediterráneo con veranos muy cálidos y pocas precipitaciones junto a inviernos suaves y con elevadas precipitaciones. La mayoría del viñedo está situado en los flancos norte, noreste, este, sureste y suroeste de la montaña, formando una especie de letra C invertida.

Las viñas se extienden entre los 400 y los 1300 metros de altura por lo que presentan importantes diferencias de crecimiento y maduración, en función de su ubicación, orientación y elevación. A mayor elevación no sólo la temperatura media es más baja sino que también hay una mayor amplitud térmica diaria, lo que ayuda a preservar los aromas y a mantener la acidez en las uvas. La franja superior a los 1000 metros suele estar ocupada por variedades blancas mientras que la inferior a los 900 metros, con temperaturas más cálidas, permite a las variedades tintas mejor maduración. Las condiciones meteorológicas van haciéndose cada vez más locales y peculiares, según ganamos altura.

La expresión más clara de la importancia que la altitud tiene en el viñedo del Etna puede encontrarse entre las localidades de Randazzo y Linguaglossa, en la ladera Norte del Etna. Ambas poblaciones se encuentran unidas por dos carreteras conocidas como Quota 600 y Quota 1000, porque respectivamente transcurren a esas altitudes. Tradicionalmente las mejores parcelas para variedades tintas se encontraban por debajo de la Quota 600 pero en la actualidad, tanto por efecto del cambio climático como por la aspiración de condiciones de maduración óptimas, los mejores viñedos se sitúan entre esas dos carreteras. Por encima de Quota 1000 sólo excepcionalmente se obtienen vinos tintos, de rendimientos muy bajos y siempre que se den unas condiciones climáticas ideales, con vendimias retrasadas incluso hasta mediados de noviembre. Estos viñedos tan altos son más adecuados para las variedades blancas.

La orientación, por factores relacionados con el sol y con el viento, también tiene importantes consecuencias en el Etna, tanto que crea dos zonas vitícolas muy diferenciadas, la ladera Norte y la ladera Este. Los vientos que ascienden por la montaña van reduciendo su temperatura y aumentando la condensación de la humedad que portan cuanto más se acercan a la cumbre. La ladera Norte del Etna queda en parte protegida de las precipitaciones porque la cadena de los montes Nebrodi, situados al noroeste de la isla y claramente visibles desde el viñedo, funcionan como un trampolín que eleva los vientos húmedos del norte y noroeste hacia las zonas más altas de la cumbre, donde descargan. Aunque las precipitaciones en esta ladera son menores, los suelos de lava porosa, que tienen un drenaje más gradual, pueden absorber el agua que necesitará la viña durante el cálido y seco verano. En cambio la ladera Este tiene mayores precipitaciones, ya que recibe directamente los húmedos vientos de este y sureste que llegan desde el Mar Jónico, pero también se beneficia de los primeros rayos de sol de la mañana, que facilitan un arranque temprano de la fotosíntesis y un menor riesgo de enfermedades fúngicas. Las condiciones húmedas de la ladera Este hacen que sea más apta para variedades blancas mientras que las más secas de la ladera Norte la hacen más adecuada para variedades tintas.

El Etna puede considerarse un terroir único ya que sus viñedos se sitúan en las laderas de un volcán activo. La gran montaña del Etna se ha construido a sí misma, durante centenares de miles de años, con las sucesivas capas de material procedente de sus erupciones. Este hecho marca la diferencia con otros viñedos volcánicos que se asientan sobre terrenos formados por antiguas erupciones de volcanes ya desaparecidos o sobre laderas de volcanes hoy extintos. Las frecuentes erupciones del Etna expulsan lava, piedras, ceniza y vapores que han cambiado, y siguen cambiando cada día, las condiciones del viñedo, hasta el punto de poder destruirlo. Pero estas mismas erupciones también explican de donde obtienen los viñedos la materia prima necesaria para el desarrollo de sus viñas. Las erupciones volcánicas recientes pueden claramente apreciarse en las lenguas solidificadas de lava, en ocasiones cruzando entre los viñedos, como muestra de su fragilidad. Se necesitarán cientos de años para que la lava de estas erupciones se erosione, formando un suelo de arena rica en potasio y otros minerales, y para que la posterior presencia de materia orgánica, creada por micro organismos, plantas y animales, lo convierta en fértil y apto para la viticultura. De la misma manera antiguas erupciones, ahora inapreciables a simple vista, han ido modificándose a lo largo de milenios hasta formar la base del viñedo actual.

Esta convivencia geológica entre lo antiguo y lo nuevo es uno de los grandes secretos del Etna. El volcán presenta habitualmente varios cráteres activos, a distintas alturas en sus laderas, que emiten materiales sólidos, cenizas y vapores. Los depósitos de las proyecciones sólidas son predominantes en el Etna, ayudando a crear suelos arenosos bien aireados e ideales para el desarrollo de raíces. Los vientos, por su parte, reparten las cenizas por todos los flancos de la montaña, contribuyendo a que estos suelos sean más fértiles.

Las sucesivas erupciones del Etna, presentan una forma radial desde su cima, con forma similar a los radios de una rueda, pero también podemos apreciar otras muchas que se han producido a media ladera. Todos los suelos, así como la montaña misma, derivan de antiguas erupciones de lava, cada una con sus diferentes características, que han ido incorporando sucesivas capas de proyecciones de materiales sólidos y cenizas, hasta componer este imponente paisaje vitícola en permanente cambio.